Por José Gregorio Gómez (*)

La preocupación y la angustia que colma la mente de la mayoría de los venezolanos también están en mí. Por todas partes que miro veo rostros llenos de profunda tristeza, pero sobre todo veo desesperación.

Desesperación ante la amenaza del hambre inminente, ante la miseria que arropa y la incertidumbre de un futuro siempre desconocido, pero que hoy representa el miedo y la desesperanza.

¿Cómo llegamos a esto? No me refiero solo al camino transitado desde diciembre del 98 hasta este abril del 2017. Me refiero a todo.

Separamos la historia por fechas y acontecimientos resaltantes. Pero la historia es un devenir que no hace altos. Y estos acontecimientos que se describen con palabras solemnes y quejumbrosas, pertenecen a un país que se descuidó de sí mismo. Embriagado de petróleo, dando tropezones de adolescente.

Sin embargo, la gente que sufre porque lo único que tiene es hambre, se sabe una sola historia: la de su pobreza, la de su pesar.

Existe la obligación moral de formar parte de los procesos de cambio necesarios para restituir las libertades en una nación cercada por el despotismo y la maldad, que se sembraron como resultado de la ceguera institucional y de la arrogancia del poder.

En esta nueva etapa de la lucha por la democracia en Venezuela, debemos recordar la tragedia de todas las personas que buscan sin éxito una medicina, las que no les alcanza para comprar comida, los que han perdido seres queridos por la delincuencia o por la represión homicida.

La tragedia nacional es más grave y peligrosa cada día, porque la enfermedad no espera y el hambre no cesa.

La única opción es seguir exigiendo que retorne el imperio de la Carta Magna. Y así lo haremos.

(*) Presidente del Concejo Municipal de Mariño, Coordinador de la MUD en Mariño y Secretario general de AD Mariño.

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