Manuel Avila

En la Calle Fraternidad de Los Robles tuvo Delfín Rodríguez su matadero de cochinos que era uno de los más prósperos de toda Margarita, pues “Fincho” como le decían en Los Robles se dedicó toda una vida a trabajar con la matanza de estos animales a los cuales le sacó grandes ganancias en el tiempo que permaneció abierto este negocio a las comunidades de la isla. De Los Cocos, San Juan y tierra firme le llegaban a Delfín el cargamento de cochinos criollos y americanos que constituían la fuerza comercial de su industria pueblerina. Desde el chicarrón, las chinchurrias, las paticas, los perniles, las costillitas, la cabeza, la lengua y los chorizos eran parte de la mercancía que Fincho usaba para dar fortaleza a la industria que desarrolló en Los Robles. Ahí mismo tenía su matadero y era la alegría de los pueblerinos cuando la mercancía era exhibida en ganchos colgantes como carne de primera, los chicharrones en vueltos en papel de bolsas y el resto de la mercancía era vendida en platos de peltre. Toda la familia encabezada por Gallego y Marcelo los varones de la familia y sus hijas hembras del lado de Chila acompañaban a Delfín en su lucha diaria por mantener esa pequeña empresa comercial.
A Delfín le correspondió desarrollar su vida al lado de dos mujeres que lo acompañaron en su transitar por la vida entre “Poncha” Ildefonza Franco su compañera en el matadero y Chila su esposa libró Delfín la batalla de su vida, pues fueron hogares distintos que le permitió a Fincho bambolearse entre dos amores. Eran tiempos cuando ese tipo de relaciones eran aceptadas como normales por la comunidad y mientras que el hombre atendiera a sus muchachos todo marchaba bien. Así transcurrió la vida de Delfín Rodríguez, un hombre de faena que laboraba de sol a sombra para poder sostener los dos hogares. En esa comunidad familiar destacaba la camaradería, el entendimiento y la capacidad de trabajo que hacía moverse como piezas de ajedrez a cada uno de los que se encargaban de distintos oficios, pues hasta los chorizos, las morcillas y los chicharrones se vendían como exquisiteces aparte de la carne que era el principal plato de la empresa familiar que hizo Delfín Rodríguez en Los Robles.
Aquellos calderos gigantescos montaban el chicharrón de cada día que eran envueltos en hojas de periódicos o en papel blanco que expendían las bodegas de esos tiempos. En otros momentos comenzó Delfín a usar bolsitas de papel marrón que adquiría por centenas en los abastos de Porlamar. Eran una exquisitez que los pilarenses disfrutaban en desayunos y en las cenas, pero que formaban parte de los alimentos preferidos de la época. No se sabe porque para la época no había tantos enfermos del corazón, pues el consumo de grasas era abundante porque era lo poco que se conseguía como alimentación en esos tiempos.
Con ese cargamento de cochinos que le llegaban a Delfín Rodríguez era suficiente para garantizar la alimentación de los habitantes de este pueblo laborioso donde la dieta diaria se movía entre conejos, guarames y tutueles y cochino, y que conste que para la época era Delfín el gran proveedor de la alimentación pilarense. En esa lucha entre perros que acudían en busca de vísceras al local de Delfín algunos salían frustrados porque no se llevaban nada suculento para su alimentación, pero siempre en esta especie de matadero que Fincho hacía en su casa abundaban los perros y gatos que cazaban peleas duras con los zamuros que llegaban a sus predios en busca de las vísceras para saciar su hambre milneria.
La casa de Delfín la Calle Fraternidad de Los Robles en el sector Belén era el sitio obligado para conseguir la comida de todos los días y no se oía hablar de colesterol, ni triglicéridos y las enfermedades del corazón ni se mencionaban para la época. Eran tiempos de felicidad de un pueblo que vivía apegado a sus costumbres y sus pasiones culinarias, pues el consumo de cochino y de chicharrón era parte de la esencia de un pueblo que en La Otra Sabana de Los Robles tenía grupos familiares como la familia de Perucho Dubén, Florencia, Maguela, Chaguito y en los nuevos tiempos Pablo Carreño que junto a Luís Luna han montado su local en la calle para vender la clásica carne de cochino y el chivo. De esa forma el trabajo que hizo Delfín Rodríguez en otros tiempos con la venta de carne de cochino, de morcillas, chorizos y hasta el cuero de los porcinos de alguna manera influyó en unos pobladores que vieron pasar generaciones de emprendedores del cochino, el chivo y el cordero que sus costos eran muy baratos para el momento.
Daba gusto ver a aquel hombre moreno con el pantalón arremangado y sus camisas de caqui que formaban un matiz de colores que contrastaba con el color de la sangre que adornaba el piso del espacio usado por Delfín para atender a sus vecinos de Los Robles.
De esa empresa que formó Delfín en Los Robles no quedó y solo el recuerdo de las imágenes de la infancia ruedan por quienes tuvimos oportunidad de ver a Delfín haciendo piruetas para tener al día la materia prima que le vendía a los robleros para la época. Dicen muchos conocedores de la materia que ya había en la Otras Sabana matadores de cochino y res que iban al Mercado Viejo de Porlamar a ofrecer las ventas de la preciada carnes y sus derivados y que luego fueron al Mercado de Conejeros donde todavía familias enteras se dedican todavía al trabajo artesanal de la venta de la carne de cochino. Por eso cuando la gente de Margarita habla de conseguir perniles, costillitas, paticas de cochino, chorizo, morcilla, rabos y chicharrón no dudan en llegarse hasta los predios de la Otra Sabana de Los Robles donde todavía hay puestos de ventas ambulantes que dejan huellas al paso del tiempo.
En el Mercado de Conejeros, en la Prolongación de la 4 de mayo y en la casa del Negro Millán por mucho tiempo se hizo el trabajo de la venta de la carne de cochinos, chivo y cordero, pero con el pasar de los años la tradición ha ido desapareciendo y quedan familias enteras que todavía mantienen la costumbre de sus antepasados.
Hoy día cuando las costillitas de cochino valen una fortuna, un pernil tiene precios infinitos y el chicharrón es un lujo, no quedan dudas que corresponde recordar a Delfín Rodríguez con su pantalón arremangado y amarrado a la cintura con un guaral o cabuya de pita dando gritos a sus empleados para que tuvieran a tono la mercancía del día. Eran otros tiempos cuando las necesidades eran muchas, pero la gente no se moría de hambre en un pueblo donde Delfín marcó la pauta de la matanza de cochinos y chivos.
Todavía las imágenes de Delfín, Poncha y Chila se vienen a mi memoria en aquella camaradería de pilarenses que supieron luchar en la vida y que se las ingeniaban para mantener a estos pueblos surtidos de alimentos. Eso sí con un chicharrón y una arepa la gente transitaba los caminos de la escasez de la época, pero todavía estábamos en tiempos de las oscuranas, lejos de la tecnología y bien alejados de esta política obtusa que solo ha permitido las luchas intestinas entre los pobladores de nuestros pueblos.
No hay día que recorra Los Robles y no recuerde las imágenes de Delfín, Poncha y Chila, de Alejandrito “que sacaso”, de Viviano Rosas, de Clemencia, Vallo, Juan de Dios Rodríguez, Chequelito, Diego Rosas, Bernardo Brito, Casto Jiménez, Miguel Guerra, Manuel “Cachimbo”, Casta Rodríguez, Rosendito y tantos otros que formaron la generación de hombres laboriosos de mi pueblo.
Pero los tiempos han cambiado y ahora cuando veo a Los Robles convertido en un gran garito con jugadores de todo tipo que apuestan a los animalitos, al juego de caballos y al envite y azar solo queda encomendarnos al Señor y pedir para que esos profesionales hoy convertidos en tahúres de la nada regresen a los procesos enciclopédicos y de formación porque da pena ajena ver de cerca la transformación de una cultura que se volvió hojas. Eso es lo que hay en un pueblo donde el envite y el azar sustituyeron al libro y a la formación atlética de nuestro pueblo. Por eso añoramos el trabajo como elemento dignificante del ser humano y no la pereza como herencia milenaria que nada deja, pues ver a los ideólogos de la revolución dando tumbos caminar a paso de perdedores como cargando la herencia cubana sobre sus hombros es parte de la terquedad de almas sin pena que se quedaron prisioneros del tiempo entre idea descoloridas y herencias de frustrados mitómanos del no ser.
Por eso Los Robles de las moreneras vendiendo pescado en la Plaza, de Bertha Arocha y Manuel “Pollito”, de Pitoco González con sus bares, de Ercilia “Chila” García con su Bar “Judas Tadeo”, de Felix Arocha con su bar, de las Bodegas del Negro Chocolate, Lencho Subero, Rosendito Rosas, Francisco “Chico” Luna, del Negro Mendoza, de Hilda Mendoza con su Telégrafo, de Nona González con sus hallacas, de Nicolas y Zoila con sus chorizos y morcillas, de Catalinita con sus melcochas y besos, de Morocho Jiménez, “el compone muertos del pueblo”, de Amado “Sirena” con sus sonidos, de Beltrán Piñerúa con su carros por puesto, de Layo, chofer de lujo, de Jesús Brito y su bloquera y de tanta gente que trabajo por el engrandecimiento de Los Robles un Pueblo de Hojas convertido en parte de los destrozos que el paso del tiempo viene convirtiendo en cenizas. Y por supuesto Nicanor con sus profecías que marcaron el rumbo de un pueblo anclado en la barbarie y proyectado a salir algún día de herencias, costumbres y mitos del pasado, pues al final prevaleció la afirmación: “Manuel nos estamos quedando sin nada y pronto veremos un pueblo maltrecho, hecho añicos en medio del telurismo del juego y la nada”.

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